PROSOPOSTESIA (PROSOPOPEYA + SINESTESIA)

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PROSOPOPEYA:(Del gr. προσωποποιΐα). Atribución de cualidades o actividades humanas a un ser no humano, sea un objeto, un animal o una idea abstracta. También puede ser la representación humana de un prototipo. La personificación es una figura retórica que se usa tanto en la poesía como en la ficción.

SINESTESIA: (De sin- y el gr. αἴσθησις, sensación). Unión o transposición de las sensaciones. En la psicología, es una condición neurológica que mezcla los sentidos. Por ejemplo, un sinestésico puede ver sonidos, saborear palabras u oír olores. Pero en la literatura se trata de atribuir a un objeto o idea sensaciones que no le corresponden, dado que dicho objeto no puede producir la sensación en cuestión.

Ante la imposibilidad de poder decantarme por un solo término que defina lo que quiero expresar, voy a jugar a componer una palabra propia. De esta manera  me complazco libremente de formar prosopostesia que no es más que la suma de prosopopeya y sinestesia.

Querría haber escrito esta entrada antes de que la arreglaran. Pero como siempre, he llegado tarde. Esa esquina de la calle se había convertido en un elemento vivo al que yo necesitaba observar cada día su evolución o más bien su paulatino deterioro.

Con una creencia pueril, pensé que en el momento que arreglaran la esquina de la calle, todo se acabaría. De hecho, hasta decidí cambiar de camino para no verme en la adictiva rutina de ver cómo esa baldosa, esa y no otra se iba carcomiendo más y más con el tránsito y la humedad del viejo barrio. Pero volví. Días después y ya la habían arreglado. La primera impresión que tuve fue de increíble alivio como diciéndome por dentro “se acabó”. Mi reacción fue una sonrisa catártica, como si por fin pudiera hacer borrón y cuenta nueva.

La culpa de esta tendencia personificadora posiblemente la tenga el Realismo Mágico que con esa fantasía llevada a lo cotidiano, provoca ver vida en lo irreal, como si acaso se pudieran encontrar las respuestas de una manera tan gratuita. O quizá sea por mi devoción al Surrealismo con esa intención tan fuerte suya de representar lo que no se entiende, lo que no sabemos ver con los ojos… en definitiva,  es verse en esa lucha entre lo real y lo onírico, ese décalage entre lo que somos y lo que podemos llegar a imaginar…

Pero,  ¿de verdad alguien me puede confirmar que los objetos carecen de personalidad? Desde mi infancia (y ahora como capricho naif) tenía la costumbre de poner nombre a los objetos con la absurda creencia en que los objetos, las “cosas” tienen el poder oculto de comunicarse con nosotros, de decirnos algo. Sólo es cuestión de saber interpretar sus crípticos mensajes. Por ejemplo, me explicaba una amiga que su relación estaba pasando por un tremendo revés. En ese tiempo, su anillo de compromiso empezó a perder color dejándola el dedo manchado, como si ese anillo fuera a derretirse en cualquier momento, como su relación.

En mi opinión, cada objeto en su naturaleza puede ayudarnos a expresar algo cuando las palabras faltan o cuando no se ha encontrado el lenguaje con el que somos capaces de hablar. De hecho, hay objetos que nos ayudan a dar gracias como por ejemplo las flores. Éstas también nos sirven de disculpas cuando llegamos tarde o de última despedida a alguien a quien amamos. Pero están presentes para ayudarnos en nuestra comunicación.

Aunque algunos objetos pueden volverse casi autónomos: todos hemos escuchado o dicho alguna vez aquello de “las paredes oyen”  o “dicen las paredes” (grande Galeano!). La cuestión es que podemos encontrar miles de fábulas animadas a nuestro alrededor diario y algunas hasta con su moraleja incluida. Es responsabilidad nuestra prestar más atención a esas “cosas”, quizás sí quieran decirnos algo y se nos escape.

  

Imagen

Voyelles (1871) A. Rimbaud

Asimismo ocurre que personificamos colores, números, sabores, melodías…  por eso se me hace tan difícil escoger entre prosopopeya y sinestesia. Me cuesta encontrar la diferencia entre ambas, pero si algo tengo claro es que cuando conozco bien a alguien, a medida que vamos afinando la relación de repente soy capaz de verles el color. Es como si descubriese su aura en mi paleta de colores privada. Lo más curioso es que quién me conoce bien también denota de buena ciencia que mi color es y será el VERDE (con sus múltiples significados).  

Y de la misma forma, esta personificación sinestésica  puede aplicarse a los aromas, esto me parece un tanto curioso porqué carezco de olfato. Sin embargo sí poseo memoria olfativa, todos los aromas que guarda mi nariz, tienen el nombre de un momento o persona. Y es que la memoria sensorial siempre es la más perpetua. No podré olvidar jamás aquella vez en que mi padre pasó la noche fuera tras una monumental bronca que tuvimos. Cuando llegó por la mañana, podía olerse que había dormido en cualquier rincón de la calle, a saber dónde…pero yo no pude traducir ese hedor de otra forma que con el olor de la vergüenza, el arrepentimiento y el de la soledad de un problema malentendido. El olor más doloroso que he percibido nunca, sobre todo porque viene de una de las personas que más quiero. Ahora ya vuelve a oler como siempre, huele a sonrisa.

Pero también me huele a veces a felicidad, a dulces de infancia y a mercería que me encanta. Creo que podría establecer miles de categorías de olores: las personas que quiero, las que admiro, las más intelectuales, las más graciosas… huelen todas a lo mismo, dudo que compartan perfume. El olor a Historia también me emociona. No hay nada tan mágico como abrir un libro viejo porque su olor ya te está explicando que además de la historia que contiene nos deja percibir su camino en la vida, las infinitas huellas de tantas manos por las que ha pasado.   

Hablando de libros, ocurre lo mismo. ¿Quién no asocia un libro con alguna persona o alguna vivencia? Toda persona tiene un libro asignado, lo que pasa es que muchas veces no lo saben o el encuentro aún no se ha producido. Yo me topé con Demian de Hermann Hesse a los catorce años más o menos. De hecho siempre he defendido que fue él el que me encontró a mí y que no hubo nada de azar en lo nuestro. La cuestión es que si tengo que nombrar libros que me han cambiado la vida, el primero sin duda fue él. Lo nuestro fue un romance, mi primer romance de adolescencia.

Luego casi se convierte en automático otorgar un libro o una obra de arte, edificio, color, número… a la gente que te aporta experiencias. Sobre todo si llega un momento en el que tú te sientes identificado con todos los personajes de ese libro y lo mismo con esa persona. Es como si los actores en vez de representar la obra, es la obra la que hace que los personajes seamos nosotros; de nuevo, manda el objeto.

Repito la pregunta, ¿Alguien me puede confirmar que los objetos carecen de personalidad? Miraré a mí alrededor, no sea que la respuesta la tenga en (sobre) la mesa y no la esté escuchando.

Gracias.

La pieza de hoy, es una primera parte del  Poema del Éxtasis (1908), obra de Aleksandr Skriabin, autor ruso del Postromanticismo y quien por su cualidad de sinestésico, presumía de oír colores.

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